Revista "con las uñas" (octava edición)
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Artículo de opinión
EL SUSTRATO OLVIDADO

Mi país vive de espaldas al arte de calle. Se empeña en enterrar un manantial de novedades que ha ido filtrado rocas durante años, ofreciendo eventos frescos e irreemplazables.

Entre las infinitas posibilidades del “hazlo tu mismo” aflora una creatividad directa y sin intermediarios. El ensayo-error sirve para explorar senderos originales y atados en cierto modo a un espacio concreto. Los experimentos se confrontan a un espejo público en constante cambio pero con unas determinadas facciones y gustos que nos obliga a preponderar el feedback como herramienta indispensable de trabajo. Se desarrolla así un arte autóctono, un resguardo fiel al ciudadano y a nosotros mismos. Una libertad expresiva que resignifica los espacios fuera de contratos y promociones.
Se activa un oficio, una universidad improvisada de obligado paso para el artista que quiera desarrollar el empeño, la intuición, el sentido de gremio, el coraje y el valor de la experiencia. Eso…si nos dejan.

Sería interesante provocar una huelga general de artistas de calle y valorar con certeza el hueco que completan. Sin embargo, salvo tímidos y puntuales casos de tolerancia o regulación, este estado de excepción no provocaría ninguna diferencia en el cotidiano español, ya que está totalmente prohibido e infravalorado.

En mi país tenemos el poder de convertir el arte en mendicidad. Es un problema de conciencia social que a duras penas se mitiga con el paso de las generaciones. Hablamos de una cultura callejera que se remonta durante siglos. Sobre nuestra genética han discurrido incontables caminos de trovadores, bululús, cuenteros, músicos, gitanos, romances de ciego, etc. Todos temidos y admirados a partes iguales. Esta particularidad cuece y barniza de misterio todo lo relativo a la calle y sus gentes. Los focos son farolas, el acto un enigma desprogramado lleno de sombras.

El contexto actual es un despropósito sin desperdicio. Nuestra nueva sombra procesionaria, la crisis, es la excusa perfecta para que el gobierno reduzca la inversión e imponga una retención del 21% en cultura. Esto es matar el arte oficial pero también promover el ingenio, la desidia o el exilio. Suponiendo que apostamos por la primera opción, suponiendo que nos saltamos a la torera el hermetismo anquilosado del arte oficialista europeo, caeremos de bruces en el teatro de calle.

Algunos países europeos como Suiza reparten permisos a los artistas comunitarios para que actúen durante varios meses pagando un “módico precio” (si eres rumano sólo podrás estar cuatro días). En Francia, dependiendo de la ciudad, entramos en un platónico espejismo de reconocimiento e incluso alta remuneración, para despertar en una apretada galería, digeridos y sin el desparpajo inherente a la calle. Son sólo algunos ejemplos.

Para mi país exijo un poco de sabor latino, es decir, un arte sustentado en la aceptación popular. Es la única puerta anticrisis del artista. Como bien explicaba Roberto Bolaño en su manifiesto infrarrealista: “¿No podría suceder en los mapas celestes, al igual que en los de la tierra, que estén indicadas las estrellas-ciudades y omitidas las estrellas pueblos?”.

No se trata de acomodarse en la resignación, ni siquiera del gusto a lo suburbano y exclusivo, sí de mantener con alquimia y cuidado extremo este primitivo sustrato de arte, a la manera de una reserva natural donde tarde o temprano penetrará el turismo.

Un amigo titiritero catalán me contaba que trabajando en la calle le vino una pareja de policías locales para pedirle que se retirara de la vía pública. Mientras recogía su material, uno de los policías volvió sigiloso y le preguntó a qué hora solía trabajar ahí para traer a su hija pequeña. Increíble pero cierto. No tenemos un cuerpo de seguridad bipolar, ni se trataba de un señuelo, simplemente responde a una necesidad humana: asombrarse con cada una de las “estrellas-pueblos” que nos proponen los rincones de estas ciudades apagadas.

Sección Poesía

PUEBLO HABITANTE DE LA CIUDAD

¡Por cuántas calles he merodeado despistando el tiempo de su espera!

Las cuestas de Valparaíso rebozando sus perros por la sal y la mugre.

Los callejones del Cuzco despotricando sus encantos en el “don´t touch the stone”

Las grandes avenidas de Buenos Aires con el fino don de los gangsters al alba.

Las carreras de Lima: el sol y su sudor gris pesando sobre la espalda.

La Paz y el bizarro ladrillo que reviste una olla de coca y Bretón con mal de altura.

Quito huele a la lluvia que lame el alcohol de las esquinas, siempre en fuga
de lo contemporáneo.

Bogotá y el cubismo experiencial, los multiversos pariendo entre cartones.

Y la Candelaria, que no Bogotá.

La Candelaria policial
y las calles que, por fin, olvidan números.
Pueblo completo de engaños accesibles
el pasado a través de mis ancestros
el chorro de “qué- debo” y los frutos verdes tras las manillas.
Tus fátigas subidas escondiendo la navaja en la sombra aún, de un saúco meloso,
el tropiezo de las piedras emergiendo del asfalto, las herraduras
silbando a las seis y el gozo de poseer mil abuelas.
El imperial panorama de tus cabellos eléctricos reventando la planicie del ocaso.
Candelaria yo siempre hijo tuyo
mientras las chimeneas disparan la noche
por el embudo de mi corazón.